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viernes, 18 de abril de 2014

El Puerto y Los Bombones



Al puerto me vine cuando tenía 18. Pajarito nuevo.

Me vine porque no había mejor opción -la otra era Talca-, y para contrariar las veladas críticas familiares que me atacaron por no ser Puntaje Nacional en la PSU -cosa bastante rara en un alumno de particular subvencionado y campestre- y por no haber ido a suplicar una oportunidad en la capital que tanto odio. Y es que soy tan Alleniano que creo que por toda la cultura que Santiago puede tener, es la parte que al mismo tiempo es la más gris del mundo. 

Estás cerca de todo, pero más lejos de ti.

Cuando conocí el Puerto, sin embargo, tenía la visión santiaguina del asunto y no le encontré ni un brillo mientras estuve buscando casa o departamento. Pedro Montt, de hecho, me parecía muy atosigante, y la bohemia circundante del plan, claro, me pareció deprimente. Pero estaba en Valpo, y me preguntaba en donde estaban los lugares turísticos que nos pintaban una y otra vez. Ahí mismo, comprendí que era una ciudad hecha y derecha, y no un invento artificioso de los que necesitan autovalidarse como lugar turístico. Era un lugar turístico natural, en sí mismo, a pesar del especial cuidado que ponen algunos en los cerros como el Concepción y el Alegre, a los cuales siempre es un agrado ir.

En el puerto, lo pasé bien y lo pasé rejodidamente mal. 

Valpo fue el testigo de mis puteadas a mi ex carrera, a la soledad, a la sensación de no tener nada que hacer y a la caña que te queda después de un día de resaca. Valpo fue el testigo de los abrazos tiernos, de los abrazos partidos, de las bienvenidas que recibes con una sonrisa y de las despedidas que te duelen más que la chucha. Pero ojo, todo como parte de la vida, porque el puerto sigue aunque lo quemen.

Recuerdo un día en particular, de mi segundo año en el puerto, de hecho. El año en que tuve demasiado tiempo libre como para ilusionarme con nimiedades.

Le dije a un amigo que me acompañase a comer algo. Una chorrillana, en particular, y accedió. Era obvio, eramos un par de excedidos de peso en ese tiempo, y ya ostentábamos buenos kilos si nos aplicábamos con una chorrillana al mes y varios completos. 

Oye, ¿cachaste a la mina de los bombones?, me dijo.
Guarda, que estoy de espaldas, le respondí.
Igual, me dijo.

Vi su faz. Debía circundar si o si los 25, pero el rigor del trabajo la había hecho estar con más cara de cansada y sosteniendo una canasta con bombones. Nos ofreció su mercancía de una manera tan dulce, que tuve la mala suerte de no poder decir que no, aunque ahi mismo ya era un candidato a la apendicitis con media chorrillana encima.

En Valpo aprendí que con sólo ver a alguien puedes comprarle bombones, y si es posible, su nombre, apellido y su vida entera si es preciso. Por eso mis primos santiaguinos me suelen decir que en Valpo puede ir a estudiar cualquiera, pero los que se quedan son los porteños, los viñamarinos y los provincianos duros, los hoscos, y los poetas.

Hasta el día de hoy, puedo aseverar que Valparaíso ha sido la confirmación de mi mismo, la confirmación de algo que cada día se quema más y de que ya no soy tan hueón, ni tan neura. No es bueno ni es malo. Sólo es la aseveración de que cumplo por lo menos con dos de las tres condiciones escritas de los que fueron adoptados por el olor a puerto, por las escaleras infinitas, por la ardiente paciencia que no existe aún en Viña del Mar.

2 comentarios:

  1. Me llegó y me llegó fuerte... Para mi Valparaíso es ese puerto que se transforma en tu lugar, en tu propio puerto. Ese que no necesita esconder nada, ni su pobreza, ni su olor, ni eso llamado ser "guachaca" y que es bien visto sólo una vez al año por los santiaguinos. El anfiteatro natural que deja ver la solidaridad de su gente y la avaricia de los grandes empresarios. Ese en el que se puede salir a caminar sin audifonos, porque en sus cerros nunca faltará la música de sus trovadores, de sus mil tambores, de alguno de esos que en la capital son mal llamados locos y que, como muchos, sólo en el puert encuentra su lugar. Ese Valpo que, sin pedir nada a cambio, te enseña, te hace fuerte y te consuela. El que no se puede olvidar porque ya se incrustó, porque ya te amarró como dice la canción...ese es mi Valpo querido que, tal como en sus inicios, se pone de pie gracias a su gente, a su pueblo...Gracias destino que me trajiste hasta acá, desde donde al menos mi corazón nunca se irá

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    1. A veces, querida Rocío, los porteños adoptados nos quedamos mucho tiempo sin hablar. Pero vaya que es rico echar afuera todo lo que sentimos por el lugar que nos atrapó.

      Valpo nos mira con benevolencia. Hay que devolverle la mano de alguna forma.

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