Yo alguna vez dormí en una suite.
Fue mi primera pieza en la que no me hueveó nadie por cuestiones de orden, méritos hechos.
Era una pieza con baño, la verdad, en un frío departamento de un conjunto habitacional de Valparaíso. No llegaba el sol ni en la mañana y el piso era de baldosas exceptuando mi dormitorio, que era de piso flotante, como el terreno que hoy habito y que a veces nos da la corriente.
Me resfrié muchas veces porque mi compañero ponía el calefactor eléctrico a su entera disposición. Era del norte, y por eso, creo, lo comprendía. Sólo a veces le pedía que abriera la puerta para dejar entrar el calor al resto de la casa y se cumplía a ratos, a veces cuando el mal ya estaba hecho y tenía que aprovisionarme de esos paracetamoles calientes y de propoleos en spray.
Pero, in fact, en ese departamento nada era tan fuera de lo común. Nunca me sentí solo porque al quedar tan cerca de mi entonces campus -el monasterio de Av. Brasil donde la peleé tres años- siempre había algún prospecto de abogado hueveando en las cercanías, y que podía jugar Play Station o simplemente ver tele conversando y comiendo algo. No muchas veces el algo se transfiguraba en un alguien, lo que en ese entonces, en el infinito celo que tiene el mechón por llevar a cualquiera a sus terrenos, no era nada torturante.
Lo que sí, el departamento nos quedaba grande. Había que decirlo. Con mi roommate aún nos quedan algunas obligaciones fieras por cumplir siendo habitantes de un espacio más reducido y supuestamente fácil de manejar, pero ese departamento tenía varias sobras que nosotros administramos con la más diversa gracia, porque eran verdaderos estorbos.
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La habitación del tiempo es una especie de cámara hipervárica que usaban en la serie Dragon Ball, para hacer que en la sensación temporal de un año, pudieses pasar sólo un día terrestre. Fea la hueá. Podías salir hecho un verdadero guerrero contra todo y contra todos en un solo día con una asiduidad y una certeza que ya se la quisieran los tipos de los "Llame Ya" que infectan la tele.
En nuestro depa, teníamos tres piezas. La mía, la de mi compañero y la habitación del tiempo.
La tercera en disputa era algo que siempre dudé decirle pieza o dormitorio. Más bien, creo que el emplazamiento jamás admitió más que la existencia de una cama, la cual no dejaba que la puerta se cerrara bien, y terminamos regalándola.
Fue Barzagli -uno de los tantos prospectos fallidos- el que la bautizó como la habitación del tiempo. En ella solía pernoctar el que quisiera estudiar hasta las 4 de la mañana, el que quería escuchar música sin los innecesarios susurros del que quería memorizar, el que se escapaba de la tentación permanente del Pro Evolution Soccer. El problema, amigos, es que la Habitación del Tiempo sufría el desperfecto de hacerte correr más rápido el tiempo, y con ella ahi, seguí dando la cacha todo ese largo primer año de derecho donde terminé dando más vueltas que un trompo y echandome dos ramos.
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De esto, saqué conclusiones apresuradas, y no tanto. Salieron miles de historias en 7 meses. Una vez se encerraron todos ahi con una manta, porque supuestamente andaba muy pesado y me estaban haciendo el vacío. Se dice que la oveja Espinoza -era del sur- se comió con el ronco Romero ahí. Me preguntaban si la vecina de al lado se hubiese visto bien conmigo en la habitación, mientras ellos jugaban play y se comían los postres que yo aprendía a preparar, acostumbrado a mi rol de hombre útil que quería aprender a cocinar.
Yo, que tipo 2 de la mañana me cabreaba y me iba a dormir, siempre me callé lo que ocurría ahi, no era inconveniente contarlo, sino innecesario, porque no restaba ni sumaba.
Tan innecesario como el hecho de que la "Habitación del Tiempo" pasara a ser un genérico como el Confort, las Marmicoc y los Caldos Maggi. Hasta mi vieja le decía así, y a ella le cargaba que yo viera Dragon Ball.
Yo, a veces lo hacía y a veces no. No me gustaba DBZ, si lo ponían al lado de algún animé deportivo, como Slam Dunk. Eran tiempos en los que creía que el arte llevaba al amor, y no al revés, y que el Ron Brugal podía ser un buen trago. Inexperiencia juvenil.
Pero igual, hoy bajo el lento paso de los segundos, daría cualquier cosa por tener una habitación del tiempo.

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