"- Llanca, mapuche? Pero si no tení pinta.
-Y qué creís que soy? Alemán? Andai igual que los de las becas."
Conversación con un amigo, creo que fue en el colegio.
Hace un rato -en otro escrito- hablaba de Cristobal Paretto, el chala.
Su apodo venía de una frase mía, con respecto a situaciones embarazosas. Si no me equivoco, la frase era: "Mas penca que pisar caca con chalas", lo que ocasionó que cada vez que éste se desubicara, la hazaña quedara en la memoria colectiva como un "chalazo".
Hay varias para recordar. Cuando me preguntó por mi ex a dos días de terminar, y vi su cara de espanto al responderle: "Bien, terminamos anteayer". La vez en que me dijo que mi look era el mismo de un periodista, cuando tenía yo las peores dudas vocacionales, tras haber recibido un horrible rojo en Derecho Constitucional.
Pero hubo más, en donde no estuve presente. La vez que pidió de una manera inentendible una Kunstmann en un negocio en donde, con suerte, había Corona y la creían fina, forma parte de los anales que siempre sacan a colación. La vez que le dijo a una chica, que a juzgar por las tres carreras que había tenido -en las cuales, ninguna había durado más de un año- él calculaba su edad en 30 años.
Cagazos gloriosos, pero graciosos.
Episodios como esos me transportan a mi infancia, a esa calle irregular que empezó con fallas. El pasaje "de Enzo" debió ser "de Elzo", por un tipo que había contribuido en la fundación de San Fernando. Después de unos meses, la inmobiliaria que construyó nuestra casa, quebró. Hasta el día de hoy vivimos en la misma casa, y mi pieza es la del fondo.
Habían desubicadas tristes también.
Con unos primos solíamos jugar tenis, aprovechando la moda del Chino Ríos. Paleteabamos con unas Otto Krauss que me había comprado en una playa cercana. Los rivales eran los Román, que hacían dobles mixtos con unas raquetas que parecían haber sido usadas por Vilas y Gildemeister. Marco de madera y un encordado decente, les hacían ser los que tenían mejor status en la villa.
Pero yo era más grande que los Román. Lisa y llanamente les sacabamos la chucha en tenis. Si sabíamos hacer slice con esa mierda de paleta, imagínense cuando estrenamos una Prince y una Head junior, eran verdaderas palizas, que hacíamos entretenidas cuando mi primo simulaba lesión y el muy maricón me dejaba jugando solo.
Era una feliz pre-adolescencia. Bueno, era, hasta el episodio de la pelota.
Un día nublado llegó mi primo, mi partner tenístico a decirme que el señor Román, evangélico devoto y de escuela dominical, nos había llamado "indios ladrones". Había dicho que los Llanca eran unos indios ladrones, porque nos vieron jugando con una pelota que sus hijos, muy huevones, habían lanzado a nuestro patio y no se habían molestado siquiera en preguntar por ella. Lo otro que recuerdo, es que eran unas Penn.
Después de que mi papá fuese hablar con el vecino, a preguntarle que chucha su vida, que si creia que por andarle trabajando con gente de otra ciudad podía venir a limpiarse con nuestro apellido -o eso quise creer yo, en mi idealismo-, terminaron los partidos con los Román, y descubrí que decirnos "indios" podía ser una injuria. Descubrí que debía aguantar los sermones de la sra. Román, que nos hablaban de buena voluntad al devolver las cosas, mientras amenazaba a su hijo con el cinturón pa que se entrara.
Fue de momento eso sí, nunca me importó mucho, creo. Hasta el día de hoy disfruto intrigando a la gente con mis orígenes, con mi cabello castaño claro, mis ojeras de turco y mis ojos verdes.
A todos les llega la hora de descubrirlas y maravillarse.
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