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domingo, 27 de abril de 2014

Radios y Hablantes I

ADVERTENCIA: La saga de Radios y Hablantes constará de 3 partes, dos de las cuales serán compartidas en este blog. La tercera, más extensa, junto con relatos como "Atkinson", "Olvidar", "Conciertos y fideos con merkén", "Dinamitar mi estatua", entre otros, estarán contemplados en otro proyecto, el cual espero que llegue al mismo número de lecturas que Carabanchel. Estoy contento por eso.

“… cuando escuchas una canción cebolla
sueles ponerte de parte del hablante lírico (…)
hasta que te toca la otra parte y entonces las
letras no te hacen tanta gracia”

Daniel Villalobos, El Sur
.

El silencio para mí, no es estar callado.

O más o menos eso decía Camilo Sesto en una de esas múltiples canciones que escuché cada mañana en la que me levantaba en San Fernando. A veces extraño las palabras en español y la reconciliación con la música a la que le dicen kitsch, porque en el fondo me criaron por más de 18 años y me las terminé aprendiendo y aprendiendo de ellas.

Aprendí a absorber, cual toalla nova, los sentimientos de los hablantes de esas canciones. En San Fernando, el 96, yo tenía 5 años e iba a un torturante Jardín. Sin embargo, me acuerdo que cada día, antes de partir a esa casa vieja callampera que era mi institución, escuchábamos una radio que hacía conexión con la Portales de Santiago, y en su programación, siempre lanzaban “He venido a pedirte perdón”, de Juan Gabriel.

La primera vez que la escuché, miré a mi mamá y sostuvimos un diálogo. Mejor dicho un soliloquio interrumpido por la risa que le produjo la frase.

Mamá, esta canción me da escalofríos, recuerdo que le dije, antes de abrazarla.

Imagínense. 5 años, con una hermanita de un año y el muy perla diciendo que un tema de Juan Gabriel, donde el mismo se da cuenta de que la cagó y va a pedir perdón aunque sabe que la mina no iba a volver, le da una sensación que se parece más al miedo que podría experimentar un cabro chico de esa misma edad si lo dejan sin postre.

Eso quizás, también influyó que como viejo chico, pudiese apreciar a los Beatles en octavo básico -y ser acusado de anciano a esa edad-, pero además para que antes de ello no hubiese tenido formación alguna fuera de las radios Colombina, Manía y Niebla que transmitían cantidad impresionante -creo que nunca pude precisar cuantos "nuevos viejos cantantes" conocí- de baladistas italianos y españoles excesivamente sufridos.

Si no me hice más narigón, gritón, feo -así como Nicola di Bari- y efusivo, fue por milagro.

Pero también descubrí antes el promedio que tienen el amor y el desamor para vender en la balanza marketera, tanto como para generar himnos que hasta el día de hoy algunos nostálgicos conservamos como las verguenzas del celular. El amor y el desamor pegan harto incluso según estaciones del año, pero al mismo tiempo no podías comprender por qué una cantante tan bonita como la Lucero tenía que sufrir tanto, y hasta urdir tácticas de guerra pa poder sacarle un beso a un tipo que podía perfectamente ser su futuro esposo Mijares, que se vestía de Rambo y bailaba raro para cantar "Soldado del Amor".

Visto desde acá, pareciera que querían lo mismo. Hasta que se aburrieron y se divorciaron.

Cuando supe eso último, empecé a entender mucho.

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Mis abuelos -en realidad, mi abuelo- eran devotos de las rancheras, y mi Tata nunca entendió mucho mi afición por escuchar los "románticos de la noche" en la Niebla, donde te daban canciones de Emmanuel, Mijares, Gianni Bella y Franco Simone. En algún momento de su vida, quizás, eso fue "música nueva" y la odió tanto como yo no paso el reggaetón y sólo me limito a escuchar un par de bachatas. Mi abuela, en cambio, era fanática de Julio Iglesias, hasta el punto de que algún tío podría haberse pasado a llamar Chile si el español le ponía tal nombre a un hijo.

Pero el lugar más kitsch, con olor a cera Ceracol y con los marcos de ventana guardando el azul para lavar la ropa, era mi casa. Mi casa, pero en esa época donde no te dejaban ver los Simpsons porque tenían una "A" en la clasificación y los daban después de Video Loco o Maravillozoo. Juro no recordar siquiera el momento en que todo empezó a cambiar, quizás porque las radios y las canciones siempre eran las mismas y los únicos que crecíamos eramos nosotros.

Lo que no cambia, sí, es el hecho de que Marco Antonio Solís me recuerde al domingo, a la hora de levantarse y a hacer el aseo.

Escuchar música en casa, entonces, me transporta a esa edad en donde me daban escalofríos los engaños y parecía tolerar todo el moralismo que me enseñaban. Hoy, ya más viejo, me transformé en un odiador de ese himno anti-aborto que es "Gracias Mamá" de Trigo Limpio, o de "Era en Abril" de Juan Carlos Baglietto. Los valores cambiaron, las personas cambiaron, y yo también cambié.

Pero nunca voy a entender el odio que algunas personas profesan por Los Angeles Negros. Alguien muy cercano decía que le parecía canción de chichería antigua o de un penoso bar donde van a morir los amantes heridos que piden una copa tras otra, y se hacen hasta amigos del barman, para que no les pegue tan fuerte cuando no quieran pagar la cuenta. Un día, de hecho, conversando con una amiga, me dejó en bandeja el asunto.

Era un día nublado y estabamos tomándonos un café hasta que suena "A tu recuerdo", un olvidable tema de Jorge Pedreros, que Germaín de la Fuente internacionalizó:

"No te olvidaré / Aunque hoy enamorado de otra esté / Y te llevaré aquí / en un rinconcito de mi corazón"

¿Por qué te gustan estos tipos?, me dijo, al ver que tarareaba el tema mirando el café.
No sé, le dije, supongo porque la canción es de Pedreros y es un crack.

Mi amiga miró para todos lados antes de acercarme su cara y decir:

"Si un hueón me dedica o me dice algo parecido a esto, lo mando a la conchesumadre."

Hay una lección en todo.

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