Cuando entré a Derecho lo hice asustado.
Lo hice agarrando la mochila, con miedo a que me robaran los parches, cosa que había visto hacer a varios compañeros idiotas en el colegio culeado al que iba.
Entré ataviado con una camisa a rayas (con la que parecía Bananas en Pijamas) y así empecé mi periplo universitario. Mi madre, obsesiva, había obligado a su servidor a apagar la tele a las diez y media, cosa que no hizo siquiera cuando era escolar. Mi padre, desconfiado, me encaminó hasta cerca de la U, a pesar de que la misma quedaba a 5 cuadras exactas de la nueva casa. O sea, nido vacío a full.
Primero, un desayuno continental digno de hotel, donde nos hicieron sentarnos frente a frente con ilustres desconocidos. Podías estar con todos tus compañeros de paralelo o bien, pasar como un ignoto comilón frente a tipos con los que no volverías a tratar. Me tocó algo de suerte, ya que me sentaron con dos compañeros de paralelo, y con los dos tenía algo en común. La niña con la chapita de los Beatles, la Paula, que me reconoció como el tipo que tenía el parche de Apple Corps en la mochila. Y un chico, creo que era de Arica o Iquique, que se llamaba igual que yo, lo cual tuve que subsanar diciendo que me dijeran "Llanca".
Por qué, me preguntaron los que eran de mi paralelo y los que no.
Porque es mi apellido y estoy acostumbrado a ser el único Llanca donde voy, les respondí.
Y caí de pie ese año, parece. En el curso estaban Fuentes, Garay, Mancilla y Llanca. Todos Matías, todos presos de la moda de los nombres que se mantuvo hasta el 2006 y signados por la confusión, si no decíamos nuestros apellidos. Aprendí que el copo de nieve no es tal, tenemos todos relación.
Otro desperfecto se produjo al momento de decir nuestra procedencia. Estaba la Paula, de Santiago; el Garay -le diré así para diferenciar-, del Norte; la Vicky, de Rancagua; y un par de viñamarinos que no me acuerdo bien, pero que aún debo tener en facebook, salvados de las razzias porque siempre confraternicé con ellos, a pesar del poco recuerdo.
Pero indefectiblemente también el asunto me tocaba a mi, y cuando me preguntaron de donde era, tuve que dar una clase de Geografía que varias veces me había quedado con ganas de dar.
Soy de San Fernando, les dije, mirando el café.
La mina de Rancagua fue la única que cachó de una, por la cercanía que daba la media hora entre pueblos. Los demás, fueron los que siempre confundieron mi pueblo con San Felipe o San Bernardo.
La situación anteriormente descrita, igual era graciosa, porque salía con mi cuento del "tres veces chileno" Matías Llanca (Republicano, Huaso y Mapuche) y con que en mi casa y en mi pueblo teníamos caballitos, no habían auto, las radios eran AM y las calles eran de ripio, pero tomaba ribetes dramáticos cuando una persona insistía por tres semanas seguidas con: "Te vai de vuelta a San Felipe?", aunque eso duró hasta el día en que no me molesté más en decir nada, ya que un tipo me preguntó si a mi cabaña le había pasado algo en el terremoto.
Qué?- dije yo- soy huaso, pero vivo en una casa, una casa como la tuya, pareada y con vecinos.
Pero -repuso este otro- en la isla se puede? En Juan Fernandez se puede?
Y en el grupo en el que conversabamos nos cagamos de la risa. Pocas veces volví a hablar con "el geográfico", injusto apodo que le pusieron los curaos del curso. Mala suerte no más.
Desubicadas habían varias, pero nadie ni ninguna como las del chala Paretto. Paretto era el hombre más buen chato que conocí en mi primer año, fuera de un amigo que mantengo hasta estos días. Pero Cristobal Paretto tenía el desperfecto de irse de lengua en los momentos menos apropiados, y sin la necesidad de que el alcohol tuviese algo que ver. Fue él, el responsable de que se supiera mi ruptura con mi ex de años, cuando me preguntó que tal estaba ella, cuando volví de un viaje, o cuando me dijo que usaba lentes de periodista, en pleno período de dudas vocacionales.
No era su culpa. De hecho, era la mía.
Pero eso, es carne de otro cañon y lo contaré más adelante.

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