Recogido en: Probabilidad Condicional (2013), de Ricardo Tapia.
Primero de los Tres Ensayos.
Autor: Ramiro Arlt.
Ojalá me pagaran por ser diferente.
Ser una radio de onda corta en un espectro lleno de FM hace que tu pagues aunque seas el escaso. Es que ser diferente, distinto, atípico y bizarro no va con principio económico alguno, a menos de que tu interlocutor, target u objeto de interés tenga una alta percepción ¿Y como se logra eso? Fijándose en algo o alguien que sea atípico también. No es un proceso clónico, sino que es difícil. A estas alturas, yo no se qué es peor.
Me desespera incluso el hecho de que se anuncien mis viajes y regresos desde mi querido Leipzig. Son cosas como el twitter, cosas que no te tomas tú en serio pero los otros sí. Ser irregular, según algunos, tan parcos detrás de sus escritorios y escondiendo vidas que quisieran tener en cada uno de sus cajones, es un piquero a una piscina de ají. El diferente es el que, en vez de matarlo, se pregunta por qué existe ese zancudo que lo huevea. Es el que te pregunta si estás bien cuando efectivamente lo estás, porque quiere que le respondas que estás bien. Te sorprende y te interesa, pero al mismo tiempo te asusta.
El atípico tambien es cuestionado. A veces por la dureza que tiene consigo mismo, pues es más consciente de sus defectos que de sus virtudes y por lo mismo, suele llevar la contra. En mis años como corresponsal de la ECO, en los noventa, fui destinado a Kosovo porque a mi jefe le había dado con que escribiría criticas anómalas de guerra, criticando los nacionalismos y definitivamente peleandome con todos. Cuando llegué a Serbia, me di cuenta de que todos querían hacer pico a Milosevic o bien, deseaban azuzar a los kosovares para que se achoraran contra la misma prensa, apersonada en los camarógrafos.
-¡Manga de maricones!- pensé, mientras me dispuse a ser repudiado por mis propios compañeros, ya que entrevistaba al lider de la guerrilla kosovar en la mañana (al que tuve acceso sólo por mostrar mi pasaporte chileno, ya que le encantaba el Inter de Milán de Iván Zamorano), y a algún ministro de Estado serbio en la tarde, por la costumbre balcánica de pelear sólo por las mañanas y con un vaso de ginebra en la mano.
Cambia la cosa cuando uno se diferencia. Y trae envidias, puñaleros y pocas bases en donde están dispuestos a refugiarte.
Ser diferente, amigos, es una cruz familiar de la que tiene el ser inteligente. Por eso, quizás, pesan lo mismo juntas y separadas.
Doble Ele -ese intento de hobbit que poco escribe acá, a pesar del sueldo- es el tipo más diferente que conozco. Y no quiero ser -aún más- autorreferente (porque creo que nos parecemos en algo, a pesar de lo primero), pero de verdad lo es. Un tipo de ascendencia mapuche, ojeras de libanés y tez de europeo.
Más encima, el tipo se avergüenza de tales rasgos a veces, cuando no tendría por qué. Tiene, incluso, talento para reinventarse cuando no le queda otra y a veces parece que tuviera más sentimientos que cualquiera, porque los vomita de golpe. Está en una liga distinta y feliz con eso. Aunque de ligas, me gustaría que ligara más. Así quizás sería menos romántico y menos amargo.
Los días ya no son los de John Keats y sus rimas melosas. Todos ustedes, quienes leen, lo saben. Doble Ele también, sin embargo, tal como yo y como los maestros que escribieron en paralelo, eligió ser un tipejo diferente.
Bien por él.

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