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sábado, 23 de noviembre de 2013

¿Qué mierda pasó con Ramiro Arlt?


"San Patricio, Chile, 12 de noviembre de 1993"
Última inscripción encontrada hace unas semanas, y atribuida a la pluma del conocido escritor.
Trazas de la obra de Arlt se vieron reflejadas en "Edificio de la Luz",
libro del año 2013 recogido acá.
Arlt era extraño. Un tipo que se solía ir a negro cuando menos lo esperábamos, y en los momentos en los que le suponíamos mejor. Conocí a Ramiro cuando fui a un aburrido simposio acerca del papel de los escritores en la política nacional, exposición con la que él parecía fascinado porque, como Huidobro, ansiaba ser el Rey de Chile. Yo, en cambio, creo que ni él conocía muy bien este país, porque se quería ir a vivir por el resto de su vida a Capitán Pastene cuando juntase el dinero suficiente.

Nunca me dijo su nombre real, ni a mi ni a nadie, cosa que me hace cavilar acerca de la posibilidad de que tuviese todo este plan listo con antelación. Solía decir que Dios estaba en los detalles, cuando tenía una profunda convicción agnóstica y una extraña fijación con el número 26, que según la numerología de diversa índole es el número de Dios. Negado para las matemáticas, también una vez me confidenció que le encantaba ese dígito ya que estaba entre un cuadrado (25) y un cubo (27), cosa que le hacía sentirse único pero también muy solo. Tanta fue su atracción por tal número, que sólo permitió publicarse su obra en el periódico local "Diario 26", propiedad del grupo BDG, con el que Arlt tuvo un vínculo de recíproco respeto.

Su ex señora, la Ariadne, mexicana de nacimiento y chilena por adopción, era testigo fiel de la vida cotidiana. Terminaron en las mejores condiciones y sin hijos, lo que hizo menos duro el trámite y muy llevadera su relación posterior. Yo quise harto también a la Ari, sea por su inmensa calidad humana o bien por la cantidad innumerable de minas que me habilitó, tan encantadoras todas, que no pude decidirme por ninguna y acabé escribiéndoles a cada una hasta hoy, aplazando no se qué.

Pero el rielero Arlt (apodo ganado por su afición a tomar con los ferroviarios) se fue. Sin contarle a nadie, sin hacer una columna, sin pagarme lo que me debía: un poco de respeto avisándome de su partida. Yo no iba a divulgar su huida tampoco, ya que compartíamos el gusto de despreciar profundamente la confección de columnas y de noticias para los medios. Era eso si, una similitud disfuncional ya que lo único que él quería era ser un escritor full time y yo era un envidioso, tanto de su talento haciendo esas columnas que parecían salir del corazón del hipotálamo, y que plasmaba con tanta sorna y sin que nadie le dijera que no.
Ramiro rara vez renegó de sus raíces dadaístas, y firmaba con una foto de Tristan Tzara sus columnas que se leían en el ya desaparecido y liberal Diario 26.
En una de esas últimas conversaciones, Ramiro pareció más optimista que de costumbre. Dijo que había hablado con su psicóloga de cabecera, para solucionar sus atados mentales, y que estaban resueltos. Cosa rara en él, se puso con un whisky que aún no hemos podido inaugurar. Tal vez se compró una bicicleta con la plata que le sobró, o la metió a un banco para olvidarse de ella hasta los 55 años, pues me contaba que si algo le daba miedo, era ser una víctima de lo compulsivo igual que su ídolo no-literario, Dennis Rodman

En resumidas cuentas, ya no importa mucho. Lo único que puedo hacer es, desde el día de hoy, rescatar su obra, publicarla acá, y saber de una vez por todas qué mierda quería decir con eso de San Patricio.

Él, empero, me lo agradecería. 

A punta de puñetazos que yo respondería, pero lo agradecería.

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