De la serie: "Edificio de la luz", de Ramiro Arlt (2013).
Publicado en: Diario 26 nro. 233, última edición.
(último vestigio de la literatura de R.A., donde se puede ver, quizás, alguna pista acerca del por qué de su huida)
Hace pocos días, mi abuelo dejó de caminar con nosotros. Dejó varias cosas en el tintero: Votar contra Bachelet, votar contra Matthei, no marcar AC. Hacer los propósitos para año nuevo, en donde decía a todos que nos quisiéramos unos a otros y que no hubiesen rencores. Ver el renacer de sus queridos trenes con la ruta que lo había ilusionado mucho hace meses: La de Santiago-Valparaíso. Hacer otra vez ese pebre que quedaba tan cargado al ají, que llegaba el máximo en mi escala. Ponerse a cortar leña en el patio, proceso que incluso intentó siendo movilizado por su "burrito" o por su "compañero", un primitivo bastón hecho por si mismo.
Tomen eso, hipsters.
Tomen eso, hipsters.
También para él era importante no mirar jamás al pasto del vecino, echarle pericos a la casa porque pensaba, ante cada desventura de alguien de la familia, que estaba maldita. Era relevante hacer actos de presencia en contados eventos familiares, en los cuales no intervenía mucho, pero siempre estaba. Celebradas eran sus participaciones en Navidad, en las cuales se sentaba en el living, siempre en el sillón junto a la puerta, donde se ufanaba de ser el integrante que más regalos recibía. Ahí había cariño, no se si de nuestra actitud, pero sí de parte de la de él.
No era Rimbaudeano, no era Nerudiano, no era Bolañero, ni Rulfista, ni Vargas-Llosista, no quería ser un Buendía, ni Antipoeta. Cantaba el "Alabaré" para hacer dormir a sus nietos, desde la visita de Juan Pablo II en 1987. Mi abuelo era persona, trabajador y ferroviario, en ese orden. No creía ser un literato ni un iluminado como muchos quieren ser hoy, en la época del Bikram Yoga, el Barrio Lastarria, Sanhattan, el glamour del abajismo y los twitteros influyentes.
Pienso ahora, que lo más valioso que me legó, fue su habilidad para hacerme realizar un catastro, tanto para él como para mi. Y hoy, en la que me dicen, será acaso la última edición de este irregular pasquín, me voy a tomar la licencia de hacer un registro pequeño:
Hoy superé mis demonios. Publiqué más de 25 columnas demostrando una animosidad hacia la figura del chileno medio y me aburrí (pero para bien). Intenté hacer poesía sin rimas y fracasé, presumo que es producto del suplemento ADN que me dieron cuando chico. Me acostumbré a dejar mi trastorno obsesivo compulsivo con las puertas y con las rayas de la vereda (no me digan que es sencillo). Reemplacé el gin por whisky, y no pasó nada ni me quedé ciego. Ordené mis papeles, mis citas y mis reuniones. Llegué a dos conclusiones poderosas: a) No hice todas las tareas en la universidad, lo que demuestra que perdí mi tiempo y pude ser un Lysander Spooner perfectamente (tal como lo creía Manuel Bulnes) y b) Las mujeres de cabello corto no eran mi debilidad, solo llamaban mi atención (lo que cambia las cosas).
Pero lo más importante, es que le hablé (N. del R.: perdóname Ariadne, no leas acá) a todas las que me interesaban. Muchos podrían hacer esto mismo, si superaran sus miedos y dejaran de comprarle a los mesías políticos, los eslóganes vacíos y a la tentación de los bonos. Repito, porque lo creo necesario, hoy me comuniqué con todas.
Pero ahora, ¿qué?
Solo ser más normal, creo. Sean así también, felices.
Con infinito respeto a todos,


No hay comentarios:
Publicar un comentario