Recogido en: Probabilidad Condicional, de Ricardo Tapia.
Segundo de los Tres Ensayos
Autor: Ricardo Tapia.
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| Pensémosla, algo así (R.A.) |
Ojalá
me pagaran por ser diferente.
Ser
diferente es todo un cuento. Un cuento bien vendible. De todas formas, hoy no
vengo a vender, vengo a regalar.
Conozco
a varios que venden la pescá de ser distintos, distinguibles y distinguidos.
Desde acá tengo que decirte: No hueón (a), ponerte un chaleco de lana, escuchar
una banda de mierda del otro lado del mundo o que te leas la novela del
escritor picado a filósofo pilarsordista no te hace diferente. Al contrario, te
hace más igual.
Claro,
porque sigues llorando por lo mismo, haciendo llorar a los mismos, con las
mismas costumbres irracionales y con el mismo hálito a ley de los grandes
números.
Más
igual. Lógicamente nada puede ser “más” igual. Se es o no se es igual. Sin
embargo, a esta altura, ya da lo mismo. La lógica se nos perdió el puto día en
que dejamos de hacer lo que teníamos que hacer y cuya consecuencia fue que
dejamos de creer en lo que necesitábamos creer.
Bueno,
más allá de la constatación obvia que indica que el mundo está lleno de
pelotudos subidos al carro de la victoria o al de la derrota (porque el de la
victoria es muy mainstream), es interesante hablar de lo que es ser diferente.
Todo
esto, hasta acá, podría sonar bien egocéntrico, pero la verdad es que no vengo
a hacer juicios de valor. ¿Cómo un miserable escritor de títulos pica’os a
hipster e interesantes podría decir que todo lo que hacen todos está mal?
Las
cosas, en este miserable escrito, son lo que son y no lo que parece que son
(una copia muy barata de un adagio con menos valor aún). De todas formas, corto y preciso: no sé qué es
ser distinto. O quizá sí. Soy tan distinto que no sé si sé qué es ser distinto.
En la
sincera, conocí a varios que son distintos. Veintitrés, casi veinticuatro
personas. El excesivamente inteligente. El excesivamente torpe. El que se
incomoda con el jolgorio familiar. El que queda en vergüenza. El loser. El que
tiene crisis de angustia. El que fue expulsado de la línea del tren. El incomprendido.
El que se viste con zapatos de colores. El leal. El emocionado. El líder. El
último del barco. El distinto.
“No te
preocupes, sabemos que es distinto”.
A esos
veintitrés, casi veinticuatro, los han rodeado hombres igual de distintos.
Similares caracteres, similares grados de distinción. Un honor.
Es
pesada la carga. La bendición y la maldición. Sólo querer cerrar los ojos y
volver a estar sentado en el suelo en una noche de sábado con unos ojos
cariñosos muy de cerca.
Y es
que los distintos necesitamos contención, cariño, barra. Unos ojos que te digan
“tranquilo” y unos amigos de verdad con quienes puedas sentarte en una barra a
comentar tu día. Con eso, la rompemos.
Anacrónicos,
sí. Egocéntricos, algo. Inteligentes, bastante. Frágiles, mucho. Intensos, en
demasía. No importa (o quizá importa mucho). Los libros de historia nos dan la
razón y nos la seguirán dando.
Mientras
tanto, sigan llorando en sus factorías al más puro estilo de Ford. ¿O tanto
creen que han cambiado? No, siguen siendo los mismos.

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