Antes de ponerme a
escribir esto, llegué a una conclusión que muchos sacan sin siquiera llegar a
dedicarse a la noble labor de escribir. De hecho, encarado de primera parece
ser demasiado obvio: "Uno es, finalmente, lo que escribe". Y lo digo
con convicción. No me cabe duda que Stephen King (y todos sus redactores de
continuidad) realizan un trabajo encomiable para dar oscuridad a sus vidas, así
como Zambra es completamente biográfico y divide su vida entre una oscura casa
del centro de Santiago y un departamento donde debe entrar poco sol y mucho
para pensar.
Sí, deben ser así.
Yo estoy ad-portas del
cambio de casa, y concluí también hace poco que mi prosa es lo suficientemente
cambiante como para revelarlo. Todos los días reviso, borro, reescribo, trabajo
en uno u otro texto, para después asegurarme de que están todos bien escritos.
Al otro día, probablemente, empiece odiándolos (en un rapto de eso que los
gringos y los snobs llaman "Creator Backlash"), para después terminar
publicándolos por el tiempo que se agota, por las ganas que se consumen o por
el vértigo que da quedar con un texto a la mitad. Porque siempre, siempre,
quedará a la mitad. La idea es que no se note.
Para el autor, siempre se nota.
Hoy veo la luna a través
del cristal y me agrada. Sale detrás de una casa, que parece tenerla albergada
hasta que le dan ganas de salir. Hace unos días me enteré de que el día en que
me cambie veré los colores de las casas que anteceden a mi morada, casi como un
adorno de mi habitación. Un arcoíris en el ventanal que también es agradable,
pero es distinto.
La escritura también
tiene mucho de arraigo, ya que uno es lo que escribe y se escribe lo que se ve. Yo veo
cambios por muchos lados y cambios rápidos. Y el arraigo no va en lo que significa quedarse en un solo lugar. Mientras estés con los tuyos en cualquier parte, da igual.
Ah, los cambios.
Pasan y no se advierten porque el tiempo pasa rapidísimo también. Escribí y dejé de escribir. Me pagaron mal, y ahora me empezaron a pagar. Y volvió la literatura al
ruedo, volvió el cine y volvió la música. Tengo dos novelas sin terminar, casi
tres libros sin inscribir y no me apura nadie. Pasé por una sequía espantosa y
tuve que aprender a conchazos, como las guaguas, a que esas cosas pasan y que
para cambiar el mundo (o a mi mundo en realidad), no era necesario estar
tecleando como enfermo endiablado. A algunos les cuesta más darse cuenta y yo
tuve suerte. Sí, suerte.
Pero por alguna razón,
con todo en orden, algunos aún querríamos cambiar nuestra suerte.
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