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| ¿Cuáles son las prioridades a la hora de armar la malla? |
El debate en la educación se ha centrado durante años en el ítem de acceso y financiamiento. Sin embargo, las nuevas generaciones de profesionales -en particular, de las ciencias sociales- sufren de un flagelo igualmente grave. Las mallas curriculares no se condicen con las necesidades de la profesión y los alumnos, al egreso, se encuentran con realidades que no pueden (o no saben) cambiar.
Me voy a poner (más) fome, pero es algo necesario.
Entrando en tierra derecha, a tres años de ingresar a estudiar (Periodismo), pude darme cuenta de un fenómeno académico que ya habían adelantado diversos catedráticos hace años. Somos víctimas del capricho de una generación a la cual se le negó un momento importante de su historia. Tiene sentido. Las dictaduras latinoamericanas abrieron una grieta insalvable en todo. Y no exagero, ya que la democracia, el respeto mutuo y las confianzas desaparecieron. Creamos ciudadanos con miedo, con deseos de revancha y también con poca salud.
¿El panorama es negro? un poco, pero no constituye una justificación para la compensación alevosa con la cual el mundo académico trata de introducir sus propias frustraciones, a decenas de alumnos que, a su vez, ven al frente a una industria (sostener que la prensa es otra cosa es díscolo) que se mueve a un ritmo diferente al de sus aulas. El auge de lo práctico, reforzado por la aparición de nuevos tipos de comunicación, hace incompatible el sueño reflexivo de la generación de los 80' con la realidad que vivimos en el día a día.
Podemos tener en un lugar preeminente el desarrollo de un pensamiento crítico (algo elogiable si se sabe combinar con la enseñanza práctica). No obstante, la cooptación de contenidos favorables a posturas teóricas de la sociedad (en particular, teorías críticas o apocalípticas) sólo genera profesionales infelices a la hora de toparse con la realidad y con la labor que deben cumplir. Odian trabajos, jefes y sueldos, y quieren cambiar un modelo sin tener los insumos prácticos que les permitan transformar la situación, derrotando a los intermediarios en la comunicación. Nadie sabe ganarle al hoy con las herramientas de hoy, y todos salen con la batalla perdida.
Visto desde lejos, este somero análisis parece ser castigador. Sin embargo, esto no pasa de ser como aquella crítica que se le hace a un treintañero que, producto del miedo que le provoca entrar a su cuarta década, comienza a realizar en esos días todo lo que no pudo hacer a los 20. Las consecuencias, como sabemos, suelen ser más destructivas que realizadoras.


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