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| El primero de muchos, espero. |
ADVERTENCIA: Esta columna tiene amplios trazos de autorreferencia, ya que trata de una vivencia del autor, y del típico duro camino que se cuenta cuando quiere quedar bien con sus lectores. Si no aguanta estas seudo-historias de superación, por favor, no se moleste siquiera en leer la columna. Si le agradan, léala. Si quiere saber de qué carajo habla, puede hacer click acá y descargar el libro y/o leerlo online.
Es complicado publicar acá en Chile. Y no defino como publicar ese acto que se realiza al ir (practicamente suplicando) a una editorial para que se haga cargo de lo que salió de nuestro cerebro, y luego pagarnos (o no) unas regalías fomes. No, voy más allá. Con una crítica que te hace mierda si no escribes como ellos quieren que escriban todos (víctimas de la crisis académica también), es dificil pegarse el salto a gritonear algo que se siente.
También están las complicaciones comerciales. La odisea para ganarse un Fondart o un fondo concursable privado es un tema digno de anécdota o de reportaje, porque la lista de proyectos inadmisibles también es larga y los que fracasan no son pocos. Por lo mismo hay mucho miedo, mucho proyecto a medias y mucha repetición de nombres en los catálogos de libros.
Pero bastó una conexión de hechos fortuitos que hicieron que todo importara una mierda, y que publicara igual en una plataforma que daba lo que pocas acostumbran a dar: Libertad editorial. Libre acceso, de libre lectura y de libre edición, todo en LibrosDeMentira. Así nació Carabanchel, un amasijo de poemas y micro-relatos, nombrado así en honor a la cárcel pública de Madrid, tristemente célebre por albergar presos políticos, presos por sospecha, presos por opción sexual y presos comunes de manera indistinta.
La recepción fue la misma que reciben los libros que tienen una mínima dedicación y difusión: Buena. La gente premió el esfuerzo y los huevos puestos a la hora de poner en conocimiento una obra. Según opiniones, incluso de ilustres desconocidos, el libro los hizo reír y también ponerse tristes. Y si me preguntan ahora, me parece que un "no está mal" de un desconocido o de un franco enemigo es más valioso que cualquier "¡genial como siempre!" de un lector amigo, si uno tampoco es tan bacán a la primera.
Desde ese entonces, pude entender esos pequeños gestos que llenan de orgullo. La gente no tiene ninguna obligación de darlos o de hacerlos, pero te quiere dar a su vez una pequeña retribución. Después de un año incluso, me pasó al ser convocado para una antología de una emergente editorial ("Frontera", de Editorial La Grullita Cartonera). Y ahí está, la clave y el premio es la constancia y todo lo demás, bueno o malo, viene por añadidura.
Eso sí, en el año de Carabanchel tenía metas que iban más allá del reconocimiento crítico y lo digo sin vergüenza alguna. En ese tiempo pretendía desahogarme de una forma no convencional, y este libro que estaba semi-listo desde diciembre salió a la luz en ese momento, porque fue perfecto. Afuera tenía una tormenta de humo generada por un incendio en el Puerto y por dentro, hubo instantes en que parecía quedarme dormido solo y en cualquier parte, u otros donde salía a caminar por caminar, con una pasión a la usanza del Gardel que cantaba a Aurora.
Y es que a veces se publica por otras necesidades. No todos somos escritores comerciales (y no tiene absolutamente nada de malo serlo, a pesar de lo que puedan decir algunos) En ocasiones escribimos porque hay murallas que queremos romper con todas nuestras fuerzas. Queremos salir de una Caja de Pandora, en definitiva, con o sin ayuda. Y escribiendo, parece que resulta.
Pero como dijo Forrest Gump en la película: "A veces no hay suficientes piedras".
Y en un año, las paredes terminan cayendo solas.
Matías Llanca M.

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