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martes, 7 de abril de 2015

COLUMNA: Llegar en micro


El otro día me quemé. No por el resultado del partido en el cual la U. de Chile se impuso con total justicia, sino que fue algo literal. Olvidé el bloqueador solar en casa y tuve que exponerme por una tarde entera a un sol santiaguino inclemente. Esta y otras son vivencias típicas de un típico hincha cruzado que no tiene Lexus, que no tiene idea de la que es un chukker, pero que tiene tanta o más pasión que cualquier prejuicio.

En una parte de Independencia se levanta un edificio de monoblocks, monocorde y feo. En esa misma zona estuvo el primer estadio de la UC, que supo de las primeras victorias de un cuadro estudiantil que no tenía más lujo que al Charro Moreno, jaranero y goleador recién venido desde Argentina, y tampoco tenía idea de que en años más, el comprar un fundo en el entonces campestre sector de Apoquindo iba a estigmatizarlo hasta el punto de inspirar resquemor.

Semana a semana son miles de hinchas los cuales tienen que "subir" a San Carlos. Los (mejor dicho, nos) mueven la esperanza intacta y las ganas de salir campeón, cosas que parecen ser lo único que motiva a una camada de personas que suelen ir a un terreno parecido a otro país, donde todo parece funcionar de maravilla y a ritmo avanzadísmo. Un sitio al que, por las caras que se ven después del partido aguardando un largo regreso a casa, se nota que no quisimos ir, y al que una minoría privilegiada nos persiguió.

Moreno, el único lujo de la Católica de antaño.
Sabemos lo que es bajar de Cantagallo, tal como los jerarcas azules como Heller o Yuraszeck que de vez en cuando salen a "darle una vuelta al negocio". La pequeña diferencia está en que nosotros primero tenemos que subir de ahí en micro, esa que no siempre te lleva y que detienen varias veces "por seguridad", según dice la fuerza pública. Algo impensado en una relación horizontal entre gente, supuestamente, de élite. 

Tomando el transporte que baja hasta alguna estación de Metro se figura la cara de Mario Lepe, del
Arica Hurtado y de Gary Medel, esos mismos que nunca tuvieron un auto con asientos de cuero cuando jugaron por la UC y que tenían que cruzar ciudades enteras para ir a entrenar o a saltar junto a la barra. Juzgar a la Católica por una parte de su hinchada, que a su vez representa una ínfima porción de la historia del club, sería como hacer lo propio con el columnista por haber actuado en las series de Sebadilla. 

No resiste análisis, no corresponde y en ambos casos (Nuestra Hinchada y Fau) se sabe que hemos hecho cosas mejores.

Hacer ese distingo también sirve para no cometer errores.



Matías Llanca M.
(@llanca)

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