Quotes

martes, 12 de mayo de 2015

FANATINCHA #1: Perder un amor

Ferroviarios 1972.
Con el balón, Leonel Sánchez.
Inspirado por los últimos sucesos futbolísticos, me han surgido la auto-pregunta: "¿Qué me hizo ser cruzado, termocéfalo y tan insoportable a la hora de hablar del deporte de la pelotita?. Y aunque algunos, empero, reafirmen que las dos últimas se mantienen fuera del rectángulo verde, es un lindo ejercicio de análisis familiar. Lo que se hereda no se hurta, dicen.
Y esta es la primera de (espero) muchas partes.


Imagino un prado verde, una estación desvencijada, con varias casitas alineadas a un lado de la vía férrea. Imagino una sala con una máquina de escribir dentro de la estación, o quizás con un teléfono de esos antiguos. También viene a mi mente la imagen de varios niños jugando a la pelota en la calle cercana a la via del tren.

Un hombre corpulento sale de la estación de Corinto y busca con la mirada fija a alguien. Está en el lote de los que juegan. "Cote, a la casa ahora", le dice, para que su hijo se arregle los pantalones arremangados y lo siga a la casa. Hogar humilde, con una radio de los años 40', una Grundig, donde a duras penas la señal de la AM captaba la voz de Máximo Clavería, que era la que daba color a la Segunda División en los años 70'.

Ese señor era mi abuelo. El niño de ese entonces, hoy es mi papá.

La escena es atemporal o tal vez jamás ocurrió. Sin embargo, me gusta pensar que mi abuelo soslayaba la soledad de estar trabajando lejos de casi toda su familia oyendo los partidos que Ferroviarios jugaba en el San Eugenio. O tal vez, que tenía un banderín con esa locomotora aurinegra amenazante, que parecía barrerlo todo, reinando en alguna parte de la casa. A todas luces una escena inusual hoy, ya que todos los hinchas del fútbol orientados por los erróneos análisis de la tele, parecemos rehuir de la segunda división como se rehuye de la sarna.

Para un rielero de tomo y lomo como mi Tata, ser del equipo del gremio era un honor. Ese honor que se portaba junto con la pertenencia al sindicato y al amor al trabajo, todas esas cosas que hoy en día se fueron bien al carajo y no se avizora su regreso. ¿Se imaginan un equipo de los periodistas, alguno de los abogados, o alguno de los obreros? No hace mucho, hasta los marinos y los aviadores tenían uno y nadie les decía nada.

Pero eso es un recuerdo lejano, como esa foto en la que encontré a mi abuelo vestido con una camiseta a rayas, y con las manos en jarra. "Esa es de cuando jugaba en el Ferro de Curicó", me dijo esa vez que revisábamos su archivo. "Yo era el Zamorano de la Huerta de Mataquito", prosiguió, mientras yo escuchaba en la reposera del lado. "La gente me iba a buscar para que jugara, si quiere pregúntele a su tía Olga", me insistía, mientras yo creía estar junto con un símil de Roberto Carlos, pues mi Tata jugaba de wing izquierdo.

"No le crea hijo. De que lo iban a buscar, sí, pero ¿de que era como Zamorano? Zamorano por lo menos tiene plata", reponía mi abuela, con esa extraña especie de cariño que es el andar buscando discusión. Pero era verdad. A mi abuelo, el fútbol (más una sumatoria de sobrecargas en la línea del tren) sólo le dejó una jubilación del INP y una rodilla que selló un triste destino muchos años después.

Y mi Lela, además, también tenía razones para quejarse. Sin que ella lo supiera, mi abuelo perdió un amor el año 1983. Esto, ya que después de una horrible campaña, Ferroviarios descendió a la tercera división. Esa tercera horrible, esos potreros de verdad, de los que no se tenía noticia ni siquiera en la sección deportiva de las revistas más humildes. Y terminó por morir de viejo, intentando ser una sanguijuela de clubes de comunas pequeñas como Talagante, que se aferraban al aurinegro creyendo atraer consigo el prestigio que los viejos ferroviarios como mi abuelo se llevaron.

Si desde la linea misma del tren no podía seguir a su Ferro, desde San Fernando, menos.

Al mismo tiempo, crecía y crecía un equipo de camiseta naranja que decía representar toda la fuerza del trabajador nacional. Se distinguía por el tranco arrollador de sus primeros años, por el empuje y las espaldas millonarias del "sueldo de Chile" y por los tiros certeros de Víctor Merello, el oportunismo de Jorge Siviero y lo incansable que era el "Ligua" Héctor Puebla corriendo por las bandas.

Era el Cobreloa todopoderoso de los 80'. Eran los triunfos, las copas y las finales de Libertadores, que coronaban una suerte de segunda oportunidad para un viejo ferroviario que vio morir al club de toda su vida. Pero mi Tata simplemente pasó a "sentir cariño" por ese club que teñía las canchas de color cobrizo, y no sé si le habría importado tanto esa desastrosa campaña de Cobreloa con la que consumó su primer descenso, si estuviera junto a nosotros. Las segundas partes pocas veces son buenas, y la pasión nunca fue la misma.

La pasión de mi Tata se la robaron los mismos que se terminaron robando el ferrocarril y que lo vendieron al primer postor, sin ser siquiera el mejor.

El pago de Chile, le dicen.



(Continuará...)

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