La tarde se manifestaba más esplendorosa de lo común. Por primera vez en semanas la niebla en Valparaíso, inclemente, resfriante y agresiva, daba paso a un sol no tan cálido, ese mismo que te permite salir casi en polera, desafiando las hojas caidas de los árboles cercanos.
No sé por qué le pongo tanta cuática al asunto, si no soy Wes Anderson.
Existe, yendo al mar, un sector vedado que no hace bien ver y al que a veces las circunstancias me obligan a visitar. También, la rutina incluye caminar por el bandejón central y admirar -mala palabra para usar aquí- el monumento a Radomiro Tomic. El cobre que lo recubre parece plástico, y da la sensación de que el tiempo no recuerda a las personas por equivalencia, a veces la sociedad lo hace simplemente por cumplir.
En la misma avenida hay por lo menos tres monumentos más que la gente no se explica, y que al ser ya del paisaje urbano, tampoco interesan mucho, ni son objetos de homenajes. El pago de Chile, dicen algunos, pero no sólo acá se dan tales cosas. Incluso, esto puede ser imitación: En el gris Santiago, se compraban estatuas a granel para adornar el cerro Santa Lucía e incluso, hay homenajes falsos (o preguntenle a Caupolicán, el único mapuche con plumas en la cabeza).
En mi cabeza, a ese mismo tiempo sólo podía enfocar una duda, tras haber leido un poco: Hahn o Edwards Bello.
Oscar Hahn. Iquique. Premio Nacional de Literatura. Existencial. Romántico. Sonetista, al punto de recordarme de cuando iba en cuarto medio. De doble visión desde 2005, un asunto que lo tiene hasta hoy con cuidado.
Joaquín Edwards Bello. Valparaíso. El héroe maldito de los periodistas. Premio Nacional de Literatura y Periodismo. Amante de la vida, de los caballos y las mujeres.
Cuál elegir, Hahn o Edwards. En todos hay algo de uno, y en ninguno hay algo que uno verdaderamente quiere tener. Igual que la vez en la que me dijeron que Bukowski era un escritor interpretable sólo por haber escrito "La máquina de follar", que leí y no me gustó -al punto de estar a lo Bart Simpson viendo "The Naked Lunch"-.
Igual como cuando uno se acuerda del pueblo en donde nació y creció y desearía a veces que no fuera ese pedazo de carretera en donde pocos autos se quedan, sino un terreno fértil y respetado por lo que tiene.
O la primera vez en la que lees ese aforismo en el que te aclaran que no amamos a otra persona, sino que amamos a la impresión que tenemos de esa persona. Por tanto, nos amamos a nosotros mismos.
Igual como cuando uno se acuerda del pueblo en donde nació y creció y desearía a veces que no fuera ese pedazo de carretera en donde pocos autos se quedan, sino un terreno fértil y respetado por lo que tiene.
O la primera vez en la que lees ese aforismo en el que te aclaran que no amamos a otra persona, sino que amamos a la impresión que tenemos de esa persona. Por tanto, nos amamos a nosotros mismos.
Cuál escoger. Cuál elegir. En cuál creer. En qué creer.
No se sabe. Yo, por lo menos, no sabía.
Entré a la librería. No quería salir en mucho tiempo, mientras disponía ambos textos frente a mi, como si fuese una competencia de vencidas. Pasaron dos, tres minutos. Pasaron cinco. Los sonetos te hacen mal, me dije, y me volqué a ver al autor aristocrático. El lenguaje era técnico, anacrónico, me hacía preguntar cómo Edwards fue considerado un rebelde en la vida: Acaso el turf era mal visto? Acaso utilizaba un bastón chueco?
Volví a Hahn después, casi ciego, casi sordo, casi olvidado si no es por su premio nacional.
Edwards. No tuvo tiempo ni de enterarse de que lo había ganado antes de gastarse la plata en el Crillón.
Hahn, la advertencia perfecta de que si lo lees te vas a poner a escribir sonetos.
Edwards, la advertencia perfecta de que te puedes convertir en un periodista que apuesta a los caballos.
Hahn, el aviso de que puedes adornar la vida hasta que parezca linda.
Edwards, el aviso de que te puedes aburrir de la misma.
- Señor - me dijo el sempiterno dueño del verdadero emporio literario que me tenía en la duda - ¿Se va a llevar alguno? Recuerda que es feriado y cerramos temprano, en otro día no tendría ningún problema.
Lo entendí. A mi tampoco me gusta que me hueveen cuando ando apurado. Asi que respiré profundo, con las manos en el bolsillo y me puse a apretar el dinero.
-Me llevo los dos- dije -antes de que me arrepienta, me los llevo.
Salí de la librería con el peso en el brazo y el sol ya estaba bajando. Urgía algun polerón o algo para abrigarme rápido. Levanté la vista para esquivar tontamente el viento, y las nubes estaban coloreadas de un tenue rosa, ese mismo rosa que forma arreboles y que avisa de una catástrofe cercana, con la certeza de la belleza. Y la belleza, es algo universal. Es algo que ves en donde quieres estar y en donde no quieres estar. En Leipzig, en New York, en Perquenco, en Lumaco, en donde sea... pero que detenta muchas veces algo malo.
La catástrofe, eso si, no fue colectiva.
Fue sólo el preguntarme si para mañana el menú era arroz o fideos.
No se sabe. Yo, por lo menos, no sabía.
Entré a la librería. No quería salir en mucho tiempo, mientras disponía ambos textos frente a mi, como si fuese una competencia de vencidas. Pasaron dos, tres minutos. Pasaron cinco. Los sonetos te hacen mal, me dije, y me volqué a ver al autor aristocrático. El lenguaje era técnico, anacrónico, me hacía preguntar cómo Edwards fue considerado un rebelde en la vida: Acaso el turf era mal visto? Acaso utilizaba un bastón chueco?
Volví a Hahn después, casi ciego, casi sordo, casi olvidado si no es por su premio nacional.
Edwards. No tuvo tiempo ni de enterarse de que lo había ganado antes de gastarse la plata en el Crillón.
Hahn, la advertencia perfecta de que si lo lees te vas a poner a escribir sonetos.
Edwards, la advertencia perfecta de que te puedes convertir en un periodista que apuesta a los caballos.
Hahn, el aviso de que puedes adornar la vida hasta que parezca linda.
Edwards, el aviso de que te puedes aburrir de la misma.
- Señor - me dijo el sempiterno dueño del verdadero emporio literario que me tenía en la duda - ¿Se va a llevar alguno? Recuerda que es feriado y cerramos temprano, en otro día no tendría ningún problema.
Lo entendí. A mi tampoco me gusta que me hueveen cuando ando apurado. Asi que respiré profundo, con las manos en el bolsillo y me puse a apretar el dinero.
-Me llevo los dos- dije -antes de que me arrepienta, me los llevo.
Salí de la librería con el peso en el brazo y el sol ya estaba bajando. Urgía algun polerón o algo para abrigarme rápido. Levanté la vista para esquivar tontamente el viento, y las nubes estaban coloreadas de un tenue rosa, ese mismo rosa que forma arreboles y que avisa de una catástrofe cercana, con la certeza de la belleza. Y la belleza, es algo universal. Es algo que ves en donde quieres estar y en donde no quieres estar. En Leipzig, en New York, en Perquenco, en Lumaco, en donde sea... pero que detenta muchas veces algo malo.
La catástrofe, eso si, no fue colectiva.
Fue sólo el preguntarme si para mañana el menú era arroz o fideos.

Excelente entrada. Yo creo que a varios nos ha pasado eso de decidir entre una bala en la frente o una en el corazón. No sé. Suelo inclinarme por los que ya murieron, pero en este caso me hubiese quedado con Hahn.
ResponderEliminarS.