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Nunca le guardé rencor al profesor Emilio Aramburu porque me reprobó medio a medio cuando iba en primero.
Jamás, aunque lo diga para que los demás vean una especie de teatral pica con haber fracasado tropicalmente en la primera oportunidad que tuve, tras haber llegado literalmente raspando la olla a su exámen. De hecho, ahora comprendo que nunca debí llegar ahi, por una cuestión de agotamiento. Pero en fin, aprendí que hay cosas que es conveniente hacer -o no hacer en este caso- y callarlas.
La pregunta era maricona para un tipo que el día anterior había peleado hasta las últimas para pasar un ramo que al final no pasó -fueron muchos los que desfilaron en esa línea- y que había tenido -por obra y gracia del exceso de confianza del mechón- tan sólo un mes para estudiar. Pero el profesor no entendió razón alguna, y yo tampoco me di el tiempo para explicárselas, si era patético.
El fistro fue penoso. Hablamos con el profesor hasta de la teleserie "Pantanal". Yo le dije que a mis primos no los dejaban verla, y el me dijo que sabía por qué, pero lo que no sabía era si yo sabía lo que me estaba preguntando. Una constante de su servidor -le fuera bien o mal- en la Escuela de Derecho. Tras el lastre, él mismo fue el que lo dijo: "Tratamos por todas maneras de recordarlo, sr. Llanca, pero cuando no se puede, no se puede. Suficiente". Yo sólo me limité a asentir sonriendo. Cara dura.
Cómo te fue, me preguntaron afuera, ya que venía sonriendo.
Examen resorte, contesté.
Al otro día, un precioso 1,0 de examen figuraba en mi ficha. Al lado de todos los promedios lustrosos del futuro, hasta hoy, figura como un blasón de que necesitas para derribar la "cuarta pared", de vez en cuando.
¿Y qué es la cuarta pared? Un concepto que una vez leí en twitter. Desde entonces, lo atesoro como pocos.
La cuarta pared se rompe cuando te come el personaje y tiene que venir algo -o alguien- para que te lleve de vuelta a la tierra. Es el anti-ego, quizás. En otras palabras es un combo bien pegado cuando te ganas a ti mismo en la superficialidad, y cuando piensas que la vida nunca te va a jugar precisamente esa mala pasada. Been there, done that y el puñetazo es fuerte, pero son cosas que te ayudan a construir cosas mejores y no sólo una imagen.
Recuerdo el colegio, en los instantes de estar en el equipo de debates y cuando aquel muro parecía infranqueable. Un personaje que cambiaba diametralmente en la media hora anterior y siguiente al debate. Las caras cambiaban, el rictus cambiaba y el lenguaje también se tornaba. Era más alambicado y más insultante. Siempre supuse que era por mi estado de "estudiante ejemplar", los esforzados viajes a las 5 AM, y la presión que con mi grupo de amigos -por lo menos los tres oradores- nos imponíamos para ganar. Ahí el personaje no le molestaba a nadie, ni siquiera a mí.
Bueno, eso, hasta que el desempeño de mi primer año en la U hizo que las estatuas explotaran. Para mejor, quizás.
Pero volvamos a Aramburu. Al profesor no lo vi más. Era un ser extraño del que circundaban varias leyendas o anécdotas que rozaban lo enfermo y lo ridículo. Que era un eremita, que vivía rodeado de gatos, con sus abuelos, que se había lanzado del segundo piso en rebeldía, que su vestimenta era la misma siempre en protesta hacia la autoridad del director, que se iba a casar con una ex alumna, que creía que las fotos le robaban el alma, que era hincha de un ignoto equipo de segunda división y que su religión era de un sincretismo que unía lo luterano, con el budismo zen y lo musulmán.
En esa misma linea aprendí que te pueden colgar miles de mitos, no importa que o quién seas. Los mitos son esos que los terceros configuran como estatuas externas y que agrandan la cuarta pared. Y que no es responsabilidad tuya romper esas paredes. Que se ocupen otros, o que se caigan solas, con los prejuicios.
Lo último que supe, eso sí, fue que había encontrado un trabajo mejor y que pasaba un mínimo de tiempo en la U. Que no había dejado "viudos", porque se hacía amigo de sus mejores alumnos, en una práctica común de los facultativos. Que los alumnos que tomaban ramos con él en sus escasas horas, eran vistos como gente ávida de desafío, a diferencia de los que tomaban con el profesor Berthomeu.
Y que una vez, a pito de nada, me encontré con él en un bus. Dentro de poco más de media hora de conversación, el profesor Emilio postuló tres cosas: Que Marx era un liberal radical pésimamente entendido, que San Fernando era demasiado grande para un rodoviario como el de Valparaíso, y que, urgentemente, tenía que terminar mi relación amorosa sostenida a distancia.
¿Para priorizar lo académico?, le pregunté.
No. Es para que ella vea lo que se perdió, me contestó.
Y así nuevamente Aramburu, como de costumbre, me cagó.

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